Andalucía es un “hotspot climático” europeo. Las olas de calor extremo, los incendios forestales en verano y la desertificación progresiva en comarcas enteras son síntomas de un futuro que ya está aquí. El cambio climático afecta a la salud, a la agricultura, al turismo y a la calidad de vida de la población.
Al mismo tiempo, Andalucía dispone de uno de los mayores potenciales de energía renovable de Europa. El sol y el viento son recursos abundantes, pero la transición energética plantea dilemas:
- Grandes megaproyectos renovables que ocupan suelo agrícola o natural, generando rechazo local.
- Falta de beneficios distribuidos, ya que muchas instalaciones no revierten en las comunidades que las acogen.
- Riesgo de dependencia tecnológica de empresas externas, en lugar de fortalecer el tejido productivo andaluz.
El reto no es solo técnico, sino social y político. Se necesita una transición energética justa, que combine generación renovable con eficiencia en el transporte, la edificación y la industria, y que apoye proyectos de autoconsumo y comunidades energéticas ciudadanas.
Si Andalucía consigue transformar su potencial renovable en un motor de equidad y desarrollo, podría convertirse en líder europeo de energía verde. Pero si la transición se hace sin justicia territorial, se corre el riesgo de generar nuevos desequilibrios.


